María no se queda esperando el nacimiento de su hijo. Se pone en camino presurosa: “En aquellos días, María se puso de camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”.
Me gusta la actitud de María. Sale de su comodidad. No se queda feliz en Nazaret esperando la llegada del Mesías. No cuida el don que ha recibido para evitar que le suceda algo malo.
Las primeras líneas de la Mariología las escribieron los Padres de la Iglesia sobre la base de los misterios de la Natividad. Así lo explica el portal mariano Cari Filii News:
En el Evangelio de San Lucas (2, 6-7) leemos: «Y sucedió que, mientras estaban allí [en Belén], le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, pues no había sitio para ellos en la posada». El pasaje suele interpretarse así: José viaja desde Nazaret a Belén para empadronarse, estando su esposa en estado de avanzada gestación; pese a que su estirpe es oriunda de Belén, José no tiene casa familiar donde alojarse, ni tampoco casa de un deudo que pueda hospedarlos, viendo a María a punto de romper aguas; José, entonces, busca habitación en una posada, pero todas están ocupadas (o los desalmados posaderos no les hacen hueco, aunque tengan alguna libre, pues esperan la llegada de huéspedes de mayor ringorrango); y, ante este cúmulo de desgracias (fruto de la imprevisión de José), María tiene que resignarse a dar a luz en un pesebre.
Antes de que lo pensaras, Él te hizo su hijo al decirle “mujer, mira a tu hijo” antes de decirte “ahí tienes a tu Madre”
Dios nos da a la Virgen María, así como la escogió para Él. Él nos la confía, así como Él se entrega a ella. Dios le da a María, en nuestras vidas, el lugar que Él le da en su vida.
¿Quién nos revelará este lugar?
Ni nuestra imaginación ni nuestros sentimientos, sino nuestra fe en la Palabra, “concebida por el Espíritu Santo y nacida de la Virgen María”.